Wednesday, July 18, 2007

SOBRE TRANSPORTE PÚBLICO Y (IN)CULTURA CHILENA I


(algunas reflexiones fortuitas a propósito del Transantiago)

Se fueron definitivamente las micros amarillas. Un nuevo plan de modernización del sistema de transporte público de Santiago ha sido incorporado, todos conocemos el nombre y los santiaguinos (ya no me cuento entre ellos) lo dicen entre dientes: “Transantiago”. Yo por mi parte, como buen chillanejo, lo veo de lejos y lo encuentro un lindo nombre… ¡vende! Sin embargo quiero dejar algo bien claro: mi intención en este post va más allá de simplemente analizar el nombre y se queda más acá de hacer un análisis completo de la situación que hoy le toca vivir a los millones de chilenos que viven en la capital y que no tienen vehículo.
Quiero comenzar presentando mis credenciales para decir lo poco que voy a decir, estas credenciales están lejos de ser las mejores (obvio) o de hacerme dueño de la verdad (no es esa mi intención, de cualquier manera), pero creo que de algo me sirven para hacer algunas pequeñas reflexiones acerca del Transantiago con un poco de autoridad moral: En primer lugar, viví 15 años de mi corta existencia en Santiago siendo usuario regular de su transporte público (desde los 7 años de edad). Aprendí a andar en micro a los 9 años en una “Matadero Palma 17” roja con azul en la cual yo atravesaba una buena parte de la ciudad desde la calle San Diego (a la altura de Arturo Prat) hasta la nunca bien ponderada Av. Dorsal en Conchalí. Viví en carne propia el proceso de las micros amarillas desde sus inicios. Conocí la fracasada tentativa de incorporar cobradores automáticos. Anduve colgando en las puertas traseras y delanteras a las horas pic por media ciudad (cuidando la mochila para que no me carterearan). Me subí por atrás pasando las monedas hacia delante y recibiendo de regreso el vuelto y el boleto. Me llevaron por gamba. No me pararon porque andaba con uniforme escolar (inescrutables veces). Me echaron para abajo cuando me iba a subir (varias veces) por andar con uniforme escolar. Me dejaron como 10 cuadras más allá de donde yo quería bajarme en plena lluvia porque andaba en uniforme escolar (no en pocas oportunidades). Y aún por la misma razón: fueron muchas las veces que hicieron partir la micro a toda máquina, cuando estaba a punto de tocar el suelo al bajarme (una antigua técnica para causar un accidente “sin querer queriendo”). En fin… las aventuras son muchas y en otra ocasión las contaré con más detalles. Una segunda credencial es que hago viajes regulares a Santiago hasta el día de hoy y, cuando voy, me movilizo en micro y/o metro a todos lados, ya que no tengo vehículo. Lo que quiero decir es: aunque no viva en Santiago, aún soy un usuario relativamente regular del transporte público de esa ciudad. Pero esto no es todo, ya que, en tercer lugar, fui también usuario regular del sistema de transporte público de la mayor ciudad de América del Sur: Sao Paulo (ciudad de 17 millones de habitantes aprox.) por 4 años. Esto último creo que me ayuda a tener un buen parámetro de comparación.
No quiero decir que quien no tenga estas credenciales no tenga ni una autoridad moral para opinar, pero sí creo que, aunque pueda acertar algunos análisis, está en clara desventaja (si grande o pequeña, lo dejo a uds.).
Pero sin más rodeos, he aquí algunas reflexiones fortuitas acerca de todo este difícil proceso que los santiaguinos están viviendo. No lo niego, son subjetivas, pero creo que pueden ser útiles para mirar la realidad que nos toca vivir:
Una primera cosa que me llama la atención es que en momentos como este, ese híbrido extraño y estéril (como todo híbrido) llamado Concertación, muestra cuán infructuosa es su ideología de gobierno. ¿Qué es el Transantiago sino un genial plan de organización del transporte público en el papel y en la mesa de los tecnócratas de turno, pero un pésimo remedio (peor que la enfermedad) en las calles y en el día a día de los usuarios?
Esta dicotomía (“genial en la mesa, pésimo en la calle”) tengo la sospecha de que se debe a que la Concertación ha heredado lo peor del socialismo y lo ha juntado con lo peor del capitalismo. Por un lado, el Transantiago es una solución estatista, que viene desde arriba, desde el centro y se impone sobre los ciudadanos bajo un lindo discurso de “es lo mejor para el pueblo”. Típico del socialismo… tristemente, debo decir que, a mi juicio, esta no es la mejor característica de la ideología socialista. Puedo admirar o por lo menos reconocer como “lindas” muchas características de la teoría socialista, pero si hay algo que me aterra es su estatismo que cuando no cae en el totalitarismo, se pasea arriesgadamente al borde de él. Es bien sabido por los que leemos y amamos a Schaeffer que el totalitarismo no sólo se da con un tirano en el poder o en una monarquía, sino que incluso se puede dar en democracia. El patrullamiento ideológico, por ejemplo, puede tomar formas sutiles, pero efectivas en gobiernos democráticos como lo demuestra la ley que está siendo tramitada en Brasil contra la discriminación de gays y lesbianas y que algunos la han llamado, acertadamente, de “proyecto de la dictadura gay” o “de la mordaza gay”. Sin embargo, creo que el estatismo no sólo es despreciable porque provee una plataforma ideal para el totalitarismo sino también porque (y esto es también una forma de totalitarismo) hace que un grupo selecto que está en el poder político decida qué es bueno para mí sin consultarme a mí siquiera si eso lo considero bueno, o si quiero esa solución… y peor aún: sin consultarte a ti, que eres usuario regular del transporte público, si se te ocurre alguna solución. Esto es lo que ha ocurrido con el Transantiago por un lado.
Por otro lado, la Concertación ha casado su tendencia estatista con un fruto del capitalismo que, de hecho, se lleva muy bien con el estatismo: la tecnocracia. Hay un problema con el trasporte público: a la gente se le ve infeliz en las micros amarillas, se empujan, se aprietan, se caen, se ensucian, corren atrás de la micro, se bajan en cualquier esquina, etc. ¿Quién lo va a solucionar? Obviamente (¡cha-chan!): el ingeniero de tránsito (“no contaban con mi astucia”). ¿usa este ingeniero el sistema de transporte público? ¡No y no importa! Lo que importa es que él maneja las oscuras técnicas y el hermético arte de las vías públicas y sus flujos inescrutables.
Mi visión particular sobre este punto – vale la pena decirlo – es que el saber tecnológico es bueno y necesario, no tengo nada contra el profesionalismo (eso es lo que le falta a nuestro país, de hecho), pero la tecnocracia es un problema y es cuando el saber tecnológico se impone sobre los demás saberes – más rudimentarios talvez, pero más fundamentales – sin conjugarse y complementarse con ellos. Hay preguntas obvias que cualquier chileno que ha estado en una micro del Transantiago se hace y que los idealizadores del Transantiago parece que nunca se hicieron, como por ejemplo: ¿antes de pedirle los buses a la empresa brasilera que los hizo, fueron a preguntarle a los miles de usuarios que van a comprar a La Vega en micro, cómo sería una buena micro para llevar las bolsas y las cajas de frutas? Últimamente supe que ciertas empresas habían prohibido subir guaguas con coches… ¿acaso saben los que tomaron tan sabia decisión que hay miles de madres en Santiago que no tienen otra opción que hacer sus trámites y compras con la guagua, porque no tienen dinero para contratar una buena niñera y que la mejor forma de andar con un bebé en ciertos lugares de Santiago es en coche? Otra pregunta obvia (era para habérsela hecho antes eso sí): ¿cuánto miden las piernas de un chileno promedio? ¿o será que la empresa que hizo los buses estaba liquidando los buses para pigmeos (“¡lleve 4 y pague 3!”)? Y estos son sólo ejemplos sencillos... ¡cuántas problemáticas más complejas y cotidianas estos pseudo-planificadores simplemente no vieron!
Entiéndanme bien: no estoy diciendo que las personas del gobierno son malvados e insensibles chupa-sangres que quieren aprovecharse de los chilenos (aunque algunos a veces me parece que sí), sino que son personas en general bien intencionadas, pero cuya ideología no les da para más. Me imagino un montón de ingenieros y tecnócratas bien intencionados, que nunca en su vida han andado en micro (o por lo menos desde sus tiempos de universitarios), sentados alrededor de una mesa, mirando una maqueta de Santiago y diciendo: “¡Qué terrible es el sistema de transporte público en Santiago! Solucionémosle esto a la gente” (ojo con el aire mesiánico). Uno, un poco más clever, debe haber dicho: “pero no lo podemos hacer sin preguntarle a la gente”. “¿y qué sugieres entonces?”. Al clever se le ilumina la cara y dice: “hagamos una encuesta”. Y como la estadística es el oráculo de la verdad para los tecnócratas, todos se alegran y parten a sus escritorios a diseñar un nuevo plan para la gente, mientras mandan a alguien a la Plaza de Armas a hacer la encuesta. “Los números no mienten” dicen los tecnócratas… y se les olvida que los números se interpretan y que ellos mismos son interpretaciones y reduccionismos de realidades mucho más complejas.
Estatismo y tecnocracia: linda pareja, pero destructiva y malsana… Bonnie & Clide eran simpáticos por lo menos. Si a esta parejita le sumamos (1) el apuro por causa de las campañas electorales, (2) los diversos intereses políticos tanto de la concertación como de la oposición, que aumentan el descontento y (3) la pésima educación cívica del chileno que no tiene respeto ni por las mujeres embarazadas que van en pie en una micro llena… entonces tenemos un cóctel de 5 elementos (los números no mienten…) que sólo ayudan a empeorar la calidad de vida del santiaguino a través de una pesadilla llamada Transantiago. ¿Qué modernización es esta? ¿De qué progreso me hablan? No, gracias. No quiero ser parte de eso… ¡Me voy al mercado de mi ciudad a comerme un costillar con puré picante mejor!



Continúa... hay más en el cajón...

5 comments:

Anonymous said...

Qué potente descripción de una víctima más del “transpoting” público. Vaya declaración: “Me llevaron por gamba”. Eso es más honroso que subir y hacerse el loco. No digo con esto que nuestro pastor no haya sido honesto (ni loco) por haber sido uno más de los muchos victimizados del sistema (a mí me llevaron por menos que eso…), sino que es uno de los muchos botones de muestra que, por cierto, abrochaban mal; un sistema en el que el arbitrio y la discrecionalidad no iban de la mano, pues el conductor era el “rey de la máquina”, un monarca absoluto ante el cual el vasallaje de “me lleva por gamba” era una cruel y fatal realidad entre los que no teníamos ni pa’ un pasaje.

Bueno, no queriendo opinar sobre una opinión, lo que es una rotería, doy mi parecer sin que me lo pidan (lo que también es una rotería). Creo que el “transpoting” público (pediré derechos de autor por ese calificativo) manifiesta o deja ver aquello que nos define como chilenos: EL CASI - CASI. Es decir, hubiera sido un buen sistema “…si no hubiera sido por…”. Falta de previsión, de intelecto, de capacidad, da lo mismo, pues el casi-casi debía mantenerse incólume. Es una especie de determinismo para la mediocridad, pues para qué hacerlo bien cuando puede quedar mal y de todos modos pasar, ¿no? Casi-casi es un excelente sistema si se hubiese planeado bien, con antelación, por etapas estructurantes que permitan su viabilidad. Lo bueno de esto es que nos hizo a todos estar hablando de la irremediable tendencia chilensis al casi-casi, de modo que habría que agradecerles a estos señores del sector progresista (tamaño progreso…) que mantengan flameante la bandera de la insuficiencia… Así no nos creemos los ingleses de América ni los Tigres sudamericanos, sino que volvemos a nuestra realidad.

Pero para ser justos, no todo es tan malo (es casi-casi malo), pues nos pone en evidencia ante el mundo globalizado. Y eso me sugiere que no cometeremos tantas torpezas en el futuro. Habría que precisar sí, antes, qué es lo que entendemos por futuro. Si queremos llegar al pleno desarrollo y no quedar pegados en la tontera deberíamos despegar cual cohete escapa de la gravedad. Para eso se requiere inventiva (la tenemos), oportunidades y voluntad de hacer las cosas bien.

Y concuerdo plenamente con nuestro pastor en su desconfianza de la izquierda derechista llamada concertación (que está casi-casi concertada), pues es ésta instancia política la que no nos permite desarrollarnos. Si las grandes ideas fuesen gestadas en otras instancias no partidistas, que no dependiesen de factores ideológicos tan mezquinos como los que muestran en la tan deteriorada clase política chilena, quizás la innovación sería una realidad en muchos ámbitos…

Pero esa es una casi-casi utopía.

ANDRÉS MOREIRA VALDERRAMA.

Anonymous said...

Fue agradable leer tus impresiones acerca del TRANSANTIAGO, con credenciales o sin ellas; sin embargo, una sola salvedad, los tecnócratas no son un invento del "capitalismo" (con lo añejo que resulta hoy el concepto de capitalismo), sino que, por el contrario, los tecnócratas aparecieron con las planificaciones centrales en los totalitarismos socialistas, un montón de personas que decídían en que, como, cuánto, cuándo y donde producir, a espaldas y ajenos de las necesidades del pueblo que decían representar. Un tecnócrata sólo puede hacer daño en la medida que tenga poder (o que alguien se lo dé) para llevar a cabo sus decisiones. En la economía de mercado, por el contrario, no hay posibilidad para que los tecnócratas impongan sus visiones, ya que son los consumidores quienes en definitiva son los que deciden. ¿Me explico?

Dante

Jonathan said...

Agradezco los comentarios... en un post anterior (un tanto controversial por el tema que trataba) tuve varios comentarios y no quise decir ni aclarar nada, aún cuando consideré que a veces fui mal-interpretado y otras veces me ayudaron a ver otro punto de vista y hasta a cambiar de opinión, pero quise experimentar con una actitud de guardar silencio y simplemente dejar que el texto hablara sólo, sin mí, algo así como dejar que el texto cobrara vida por sí mismo (una especie burda de "muerte del autor"), y dejar que esta paradoja de que "el texto muchas veces no representa las ideas de su autor" fluyera.
Ahora he querido experimentar con este otro método más tradicional de hacerme cargo de mis posts... ¡el autor resucitó!... ¡a ver qué sale!
Dante: Gracias por aclararme el tema de la tecnocracia, al leer tu comentario no pude evitar decirme a mí mismo "lo sospeché desde un principio". Concuerdo contigo. Pero te explico por qué dije que era el invento del capitalismo moderno: es verdad que en un sistema estatista, propio de las ideologías socialistas, se les da a los especialistas técnicos ese poder claro, evidente y casi monstruoso de un grupo de elite (generalmente personas "del partido") que se reúnen en un escritorio a decidir por nosotros qué es el "bien común". Sin embargo, yo me refería al origen primigenio de la tecnocracia que es la distribución del trabajo y la especialización propia del libre mercado, la cual, lamentablemente, tiende a una incomunicabilidad entre las disciplinas y donde cada uno toma el conocimiento de su área de especialización como referencia absoluta para ver el mundo y juzgar la vida. Probablemente tú debes conocer a abogados que todo lo ven, lo analizan y lo perciben desde la esfera jurídica, hasta cuando van al baño. O sea, esta especialización, sin ser mala en sí, se torna rápidamente en una absolutización de la ciencia (sea cual sea la ciencia que use como referencia el especialista: para un abogado serían las ciencias jurídicas, para un médico talvez serían las ciencias biológicas, etc.), y esto último sí es malo y es una forma de idolatría, de hecho, según el filósofo calvinista Herman Dooyeweerd. Me parece que es posible ver eso tanto en sistemas más estatistas como más libertarios. ¿La diferencia? Que en un sistema más socialista el poder ejercido por estos especialistas técnicos es más central y cohersivo. En un sistema más libertario el poder se ejerce igual, pero en lo micro-social, y de maneras más creativas. Es el poder que (por dar un ejemplo bien foucaultiano) no censura el hablar de sexo como podría ocurrir en un poder más estatista, sino todo lo contrario, nos invita a hablar de sexo en las casas, las escuelas, las iglesias, pero nos da las pautas y las reglas dentro de las cuales el hablar de sexo es válido. Esa forma de poder es tan eficiente que no se necesita un aparato central que lo ejerza, sino que cada uno de nosotros nos tornamos en sujetos de ese poder en nuestros contextos micro-sociales.
La especialización técnica del libre mercado, por lo tanto, puede también ser, y de hecho es, un impulso a la tecnocracia (y a mi modo de ver un origen de ella), entendida esta última como el poder ejercido por un conjunto de especialistas que crean un lenguaje (generalmente hermético) y que, a partir de ese lenguaje, determinan y definen qué es lo mejor para "la gente" o "el pueblo" y lo aplican porque (y esto también es verdad) nosotros les otorgamos ese poder... ejemplo clásico de esto son los médicos y su poder de casta sacerdotal en la sociedad moderna y nosotros somos muchas veces como sus profetas en la casa, la escuela y la calle ("el médico me dijo esto... así que hazlo").
Me parece que iba por ahí lo que yo queria decir... gracias, de cualquier manera por mostrarme este otro punto de vista.
En lo social, y esto tú lo has de saber mejor que yo y por experiencia propia, aprendemos que por lo general las cosas no tienen un origen único... y la tecnocracia parece no ser la excepción.
Gracias una vez más por los comentarios y aguardo más... ¡aprendo mucho con uds!

Anonymous said...

Muchas gracias por haber recogido el guante que dejé tirado en este virtual lugar y no pude resistir la tentación de contestarte. Me parecen razonables tus explicaciones; sin embargo, tengo la sensación de que hay una suerte de confusión entre la "tecnocratización" con la especialización. No olvides que "tecnocracia" necesariamente se refiere con ejercicios de poder y de poder estatal, el "poder" que ejerce el ciudadano común y corriente es el simple resultado de un sistema que permite el ejercicio de las libertades, y si tu no le quieres hacer caso a tu médico endiosado, pues es fácil, buscas otro, en la "tecnocracia" la decisión tomada entre cuatro paredes no puede ser discotida, fue dictada por el oráculo infalible, el Estado Totalitario, ejemplos encontramos muchos pero, sin lugar a dudas, el más dramático de todos: "LA SOLUCIÓN FINAL" de la Alemania Nazi, en donde un grupo de tecnócratas encontraron, por fin, la respuesta a la problemática judía, eliminarlos a todos. Por eso, ante las decisiones tecnócratas, prefiero las opciones especializadas.

Dante

Jonathan said...

Es verdad Dante... mi texto parece confundir la tecnocratización con la especialización, o al menos las deja a un nivel demasiado similar. No pienso que sea así, pero sí creo que el ejercicio de la especialización sin un parámetro absoluto de referencia que esté sobre todos (sea en el contexto de un sistema de gobierno estatista o libertario, no importa), más tarde o más temprano puede caer en algún tipo de endiosamiento de las ciencias y, por lo tanto, tiranía. De ahí la tremenda necesidad de proclamar ese parámetro absoluto que tú y yo conocemos (la Palabra de Dios) como autoridad final de TODO conocimiento humano. Porque todo saber conlleva consigo un poder, si ese saber es humano, caeremos bajo algún tipo de tiranía, pues nos veremos sujetos a un saber/poder de hombres. Pero si ese saber se fundamenta en la sabiduría de Dios, entonces habremos encontrado en el ejercicio de nuestras profesiones el propósito final de ellas: glorificar al Creador. Y, como bien sabes, ser sometidos y humillados bajo otros hombres y sus instrumentos de poder es nuestra decadencia, pues estaremos bajo una tiranía arbitraria. Pero ser sometidos bajo el poder y señorío soberano de Cristo es nuestra gloria y dignificación, pues estaremos viviendo el propósito de nuestra vida (que incluye nuestras profesiones) bajo el gobierno del amoroso Dios verdadero.
Finalmente te dejo una cita, que tal vez conozcas, del gran pensador reformado holandés Abraham Kuyper: "no hay un sólo centímetro cuadrado en todo el universo sobre el cual Cristo no clame: ¡esto es mío!".